This Station Is Still Operational
En 2005 At the Drive-In publicaron un disco autorreferencial, cuatro años antes del cual dejaron de tocar indefinidamente, por lo que olía a despedida en forma y título: This Station Is Non-Operational, un viajecito desde El Gran Orgo hasta el Relationship of Command, y la casualidad quiso que este disco fuese el único que yacía descargado en un portátil, en un momento concreto de un verano universitario para mi suerte largo, el de 2008, pero la cosa es que At The Drive-In en esa época no tenían mi interés. El hiperfoco del Midwest me había alcanzado el verano anterior y si bien es cierto que nunca salí de ahí, la novedad, el flechazo, la edad y en concreto Jawbreaker crearon monopolio absoluto: como yo, cualquiera que partiese del scremo y del punk rock zapatillero recordaría que ese salto musical era hipnótico y requería demasiada atención, sin embargo la vida me tenía preparado un paréntesis, a priori, obligado. Cedric Bixler por aquel entonces ya estaba de cabecilla en The Mars Volta. Para mis prejuicios postadolescentes The Mars Volta rozaban el peligroso límite de lo moderno: intros de casi 45 segundos como en L'Via L'Viaquez, que a todos despeinó a primera escucha pero aún teníamos demasiados pinchos en el cinturón como para admitirlo. At The Drive-In eran un terreno más seguro, más si hablamos de un recopilatorio abierto estratégicamente con Fahrenheit (ese give me the tape if you know what's good for you pegadizo como un villancico), y digo estratégicamente muy a propósito porque una banda que sabe que va a morir conoce cómo funciona la vida y sobre todo, conoce cómo funciona la música: el que juega a que lo extrañen se arriesga a que lo olviden, el problema es que cuando te olvidan en la música además de orgullo pierdes dinero.
Dentro del síndrome de Estocolmo que desarrollé con este disco entendí por contexto vital otras cosas que hoy resultan marcianas, como que la novedad se recicla cual botella de plástico que se convierte en maceta, no cual botella de plástico que pasa por el contenedor para acabar convirtiéndose en otra botella de plástico, ese giro, esa misma canción que vuelve a ti en distintos momentos pero te sirve para procesar diferentes asuntos es una novedad, no un recuerdo (fuera de la sintaxis siempre es más útil pasar dos veces por el cerebro que por el corazón) y cuando se tienen 20 años todavía hay muchas más novedades que recuerdos.
En ese verano larguísimo en Belgrado no tenía wifi ni tampoco posibilidad de escapar de la ola de electrónica y drum'n'bass que había parasitado todos los rincones del ocio nocturno del este europeo. La realidad es que estaba muy bien para ambientar alguna cerveza o chupito casero de 100 dinares, pero pasado un rato lo único que conseguía era taladrarme el cerebro: mi casa familiar sin internet era, por paradójico que suene, castigo postadolescente y a ratos oasis. Me recuerdo de noche pegada a la ventana, el único rincón desde donde podía conectarme a la tísica red de alguna oficina costándome Dios y ayuda, intentando arrancar un MSN Messenger para entonces ya agonizante (frase que podría terminar con "y no lo sabíamos", pero sería mentira porque sí lo intuíamos: la fiebre del SMS y del chat de Facebook se lo estaba comiendo todo), de fondo el mismo tracklist, la canción 9 era One Armed Scissor (I write to remember).
Me he puesto el disco para escribir esto ya desde otro lugar, física y metafóricamente, pero me doy cuenta de que algunas veces estar en otro lugar no significa estar lejos. El tiempo es un laboratorio de resurrecciones de cosas que funcionan, y no me sorprende que ahora mismo estemos viviéndolo incluso a escala cultural. Todo regresa con otra textura pero con la misma intención: el emo, la nostalgia, el post punk, lo gótico (cruzando océanos de tiempo como aquel que dice), Empire of Shit publicando en plataformas con fondo negro, en 2025, nada menos que en 2025, todo vuelve a su sitio.