Charles Bonnet al revés

Hay un dato muy poético sobre el cerebro y es que está biológicamente programado para completar información que no está disponible. "La memoria es como un perro estúpido, le tiras un palo y te trae cualquier cosa", el agosto que se hizo Ray Loriga con esta frase en los 2000 lo saben las modernas de Tumblr, por cierto, hacerse el agosto, expresión que debería ser sustituida por hacerse el enero: un mes largo y por lo general molesto, o lo que es lo mismo, inolvidable (nadie tiene tiempo a 47 de enero de recordar alegrías al parecer, son buenísimos tiempos para la creatividad, o para romperse la camisa sin ninguna agenda oculta). 

Hay un dato muy poético sobre el cerebro: el síndrome de Charles Bonnet ocurre en personas que experimentan, por la circunstancia que sea, una pérdida de visión significativa, y su mente intenta rellenar estos fundidos a negro con todo tipo de datos visuales almacenados previamente. Lo angustioso del asunto es que no es un síndrome psiquiátrico, pues la persona es consciente de que las figuras, caras, escenas, geometrías que está viendo no son reales: es terrorífico y precioso pensar que la cabeza de uno siempre va a intentar darle imágenes aunque no estén de cuerpo presente, y las veces que me ha tocado leer sobre este cuadro clínico he pensado que debe ser lo más parecido a soñar despierto.

El otro día comenté que me ha dado por volver a la metafísica después de un romance adolescente con ella en el instituto. Me costaba mucho entender lo que abarcaba, pues al contrario que la realidad que ofrecen las matemáticas o las ciencias puras, a través de dígitos, fórmulas y leyes (también dogmas, carraspeo carraspeo) se sustenta en la capacidad de reflexión trascendental, y yo diría que eso no empecé a tenerlo hasta mucho más tarde en la vida, si es que alguna vez he llegado a tenerlo del todo, que a saber. ¿Cómo se observa la propia observación? "Soñar despierto", por ejemplo, podría ser un estado de la fenomenología. Husserl dice que la conciencia no es un espejo pasivo del mundo, sino que en parte lo fabrica: un matemático confirmando que no es que vivamos engañados por las hadas de la percepción, es que vivimos interpretando cosas según otras cosas que ya hemos interpretado antes.

A los hooligans de la pachamama les encanta hablar del mindfulness: observa el río, observa los latidos de tu corazón, observa un pajarillo, quítate las sandalias jesucristo y abraza un abedul, sin saber, o quizá sí (tampoco quiero subestimar al hippie promedio en esta economía) que todo esto ya fue inventado por un demente alemán que nació en 1859 y lo llamó EPOCHÉ (para dedicarse a la filosofía hay que tener cierta gracia fabricando términos, problemas de socialización cuanto más severos mejor, y a ser posible, ser más emo que dibujar en un cristal empañado). Epoché, decía Husserl: hay que suspender un momentito el impulso automático de clasificar y atender a cómo las cosas se dan en la experiencia. Vigilar al vigilante. El principio de razón suficiente. Charles Bonnnet al revés: ver qué queda cuando se deja de proyectar y hacer las paces con la posibilidad de que no quede nada. 

Guillermo de Ockham, otro metafísico al que le asignaron de oficio una navaja, decía que lo universal solo existe en la mente humana, que en la realidad solo existe lo particular, unido a otro particular, unido a otro particular... a mí si me piden que piense en el infinito me vienen a la mente fotos del Instagram de la NASA, y San Agustín de Hipona, que me caía muy bien. Le preguntaron que a ver si siendo extremadamente sabio sabría definir lo que es el tiempo, quizá pensando que respondería alguna quote enmarcable en helvetica, pero dijo, sin muchas ganas: si nadie me lo pregunta, lo sé, cuando quiero explicarlo, no lo sé. Es esto la verdadera virtud y meta, por contradictorio que parezca, el tener la capacidad de asumir que en la vida muchas veces ante conceptos incuantificables solo queda saberse más tonto que un zapato y continuar con el día.