Melocotón en ruso
En el año 2013 vivía en un complejo residencial que en Donosti se conoce como "Los doce apóstoles", doce torres enormes pertenecientes al barrio de Bidebieta, al este de la ciudad. Esta zona en los 90 sufrió duramente los estragos de la heroína por su proximidad al centro neurálgico del puerto de Trintxerpe, pero en los sucesivos lavados de cara que fue recibiendo conforme el área se hizo progresivamente menos problemática, fue sumando accesorios nuevos de obra civil. En lo que en el histórico se conoce como la "Promoción Palmondo", una señora llamada Joaquina Urdanpilleta mandó plantar dos palmeras gigantescas entre cuatro de las moles residenciales, otorgándole sin querer uno de sus estandartes visuales más curiosos, y lo menciono porque justo la casualidad quiso que una de esas cuatro moles con cristalera vertical en el salón y consiguientes vistas tropicales fuera la mía. Recuerdo bien esa palmera porque no pegaba con absolutamente nada.
En aquel momento yo compartía ese piso con una chica, su familia lo tenía en propiedad. Ella trabajaba en Andorra y solo venía a Donosti un fin de semana al mes durante el cual apenas pasaba por casa. A efectos prácticos estaba alquilando una vivienda entera a precio de habitación y con 26 años fue la experiencia más parecida a vivir sola que había tenido hasta entonces: empezó a rondarme la idea de adoptar un gato, pero no la verbalicé con nadie y tampoco movilicé absolutamente nada para que ocurriera.
En verano de ese año encontré un trabajo nuevo y conocí gracias a esto a la que hoy en día es una de mis mejores amigas, Aleksandra. Hubo un poco de slavic connection, chanzas del resto de compañeras sobre nuestra forma de ser, al parecer, similar, achaques de casualidad, como que nuestras respectivas ciudades, Beograd y Belgorod, significan lo mismo en serbio y ruso: ciudad blanca (ninguna de las dos lo es), al poco de entrar a trabajar la escuché hacer la broma de que nació un 6 de enero porque fue el regalo de Nochebuena de su madre. "De Reyes", le intentaron corregir. Ni se molestó en explicar dicha broma que de base solo yo entendí, respondió tajante "No, de Nochebuena" y no volvió a hablar en toda la tarde. La Navidad ortodoxa es el 7 de enero.
Empezamos a vernos fuera del trabajo poco después. Aleksandra vivía en un lugar con un aura proporcionalmente lúgubre a la de Bidebieta: Rentería. Uno puede salir del este y acabar en el este de otro lugar, como la escalera de Escher del destino. Con algunas cosas hay que hacer las paces pronto. Tenía un perro llamado Misha y un gato llamado Persik (melocotón) que no se terminaban de llevar muy bien. Solíamos quedar a medio camino entre ambos "estes" para echar tragos o picar algo, pero alguna vez me invitaba a casa a cenar, y Persik automáticamente comenzaba un ritual de inspección que culminaba en quedarse sentado a mi lado el tiempo que pasase en la vivienda, fuese una hora o fuesen cuatro. Pasaban los meses y ocurría lo mismo siempre.
A finales de ese intenso 2013, en una de estas sobremesas eternas en Rente con el gato sentado encima, por primera vez se me escapó en voz alta la idea de la adopción, sin venir mucho a cuento. "Me quiero acercar a alguna protectora", dije. Solía donar algo de dinero a un refugio de Trintxerpe, la cosa es que en mi subconsciente sabía que necesitaba por logística que alguien con coche me acompañara y por aquel entonces de todas mis amistades Aleks era la única que cumplía este requisito. Como todos sabemos, la memoria es caprichosa y muy dependiente del sentir momentáneo, por esta razón creo que las tres palabras que se limitó a pronunciar Aleksandra las tengo grabadas en el tono exacto en el que salieron de su boca, por sorpresa: "Llévate a Persik". Recuerdo bajar la vista hacia la nuca esponjosa y cómica de la criatura naranja que tenía sentada en el regazo sin entender aún si lo había dicho en serio o no: de ser humor, era demasiado arriesgado incluso para una eslava. Por supuesto, no lo era.
Siete días después de esa conversación, un transportín de tela azul aterrizaba en Bidebieta y la criatura llamada Persik, melocotón en ruso, descubría una cristalera enorme con vistas a una palmera: seguida del teclado de mi portátil encendido, se convirtió en su lugar favorito para practicar meditación gatuna. Los que convivís con gatos sabréis muy bien que los sitios de dormir y los de meditar no siempre coinciden. El acto de aplastar y plegar las 4 patas bajo su propio cuerpo, creando una perfecta hogaza para permanecer en esta postura sin llegar a un letargo completo, es un momento sagrado en la ajetreada rutina de un felino doméstico.
Descubrí, poco a poco, las preferencias de la criatura pelirroja: dormir con la cabeza apoyada en la almohada, la comida húmeda de buey y el pienso de pescado, una fijación obsesiva con las cajas de poliexpán (no las de cartón), un nulo interés por la comida "de humanos" exceptuando el jamón ibérico (no el serrano) y un aperitivo típico serbio llamado čvarci, por último, una forma de vocalizar que siempre defino como inquietantemente correcta. Me llamaba diciendo MAUO, pronunciando muy bien cada una de las letras. La gama de sonidos que usaba para cualquier otra cosa no era esa, por lo que entendí que para él yo era mauo y todo lo demás simplemente no merecía tanto esfuerzo dialéctico.
En 2014 terminó nuestra estancia en primera línea de palmera para comenzar un nuevo capítulo en primera línea del puerto de Antxo. Otra vez en el este, del que aparentemente nunca se sale incluso cuando sí: recuerdo alquilar una habitación temporalmente en el centro de Donosti durante dos meses mientras nos renovaban la cocina de la casa donde íbamos a entrar. En la casa vivía una señora polaca que tenía un loro de nombre Franek y una gata muy arisca de nombre Yanushka, que se encargó de enseñarle a Persik que las relaciones tóxicas de siesta y guantazo existen. Los gatos son muy de calzarle un guantazo de oficio a lo que no les gusta o a lo que simplemente no entienden, pero nunca supe cuál de las dos opciones era la que impulsaba a Yanushka a arrearle collejas a cualquier ser animado e inanimado que se le cruzara, menos al propio Franek, un alma libre que corría pasillo arriba y pasillo abajo gritando su propio nombre. Fueron dos meses muy cortos.
Fast forward a 2015, ya bien asentados todos, humanos y no humanos, en la glamourosa línea portuaria: nuestra propia segunda temporada de The Wire llegó con un nuevo personaje protagonista de la mano de Nahual, un gato negro de dos meses que adoptó mi ex compañera de piso, el cual desde bien pronto adquirió el sobrenombre de Satán por su costumbre de destruir cables, gadgets electrónicos, comida a la vista, auriculares y horas de sueño colectivo. Hacia Persik, sin embargo, era un ángel. Le seguía a todas partes y aprendió incluso a ducharse de la misma manera, copiándole los gestos. La luz y su sombra, visualmente sincronizadas y encarnadas en dos seres de la misma especie que no se parecían en lo más mínimo. 2015 también fue el año en el que mi padre enfermó de cáncer y toda esta armonía cohabitacional se veía interrumpida a menudo por mis constantes visitas a Oviedo. En una de esas visitas, tras un incidente en Alsa, me di cuenta de que no podía seguir estresando al gato con viajes de varias horas cada poco, por lo que decidí dejarlo temporalmente en casa de los abuelos y ser solo yo la que se moviese. Mi padre se curó, pero en ese año y medio mi madre se convirtió en MAUO, no tuve corazón para romper ese vínculo. Persik pasó a ser ciudadano ovetense de forma definitiva.
Casi diez años han pasado y hace ya cuatro desde que vivo sola, todavía en el lado este del Urumea, la criatura pelirroja celebró en febrero su cumpleaños número quince. Me hace feliz que esté viviendo una vida en la que no conoce otra cosa que el cariño, la compañía y las latitas caras. En este tiempo me han preguntado cientos de veces por qué no adopto otro gato, y siempre doy respuestas vagas cuando la realidad es que tengo fobia a los finales y por ende soy experta en esquivar los comienzos: una nuca naranja muy cómica me hizo bajar la guardia una vez, y ha sido tan precioso como terrible el anticipo de lo que un día dejará de ser, ojalá, dentro de mucho tiempo.
No quería esperar a ese día para contar todo esto, porque como decía un señor al que conocí en el hospital mientras estuve ingresada en 2019, con toda la razón del mundo: "A mí queredme mientras estoy vivo, que si empezáis más tarde no me entero".
Y no se me olvida.